
A propósito de Enciclopedia de los muertos, de Danilo Kiš
Cerca de la Escuela Juan Rafael Mora, en la esquina en que la calle 20 y la avenida 1 se encuentran, está la terminal de los buses que me traen hasta mi casa. Cuando digo terminal, quiero decir que en la cera hay una señal vertical que indica, de una manera por lo demás bastante poco clara, que ahí se toman los buses de por estos lados. Por muchos años, en esa esquina, se levantó una hermosa casa que se nota que tenía unos setenta o más años —en la esquina propiamente dicha, había una tienda de colchones y artículos relacionados; la casa de habitación estaba a la par, hacia el oeste; las dos estructuras eran parte del mismo diseño arquitectónico— una antigua casa señorial con la que alguna vez fantaseé como escenario del cuento El fornicador, de Victoria Urbano. El lunes antepasado, cerca de las ocho de la noche, llegué a la terminal. Me topé con un fantasma: lo único que quedaba de la casa y de la tienda de colchones, era su fachada, incólumemente levantada, con la pintura inalterada; permanecía un simple cascarón de la casa antigua un tercio madera, un tercio cemento, un tercio ladrillo. Quizá ese mismo día, o durante los días anteriores, todo el interior había sido demolido, casi totalmente echado abajo, dejando expuestos los maderos viejos, la carne brillante de los ladrillos viejos, la argamasa y el metal doblados. El escenario de El fornicador transformado en algo siniestro y con olor a humedad. Se notaba que habían dejado, hasta ese momento, solo el cascarón de la estructura, por las ventanas destruidas, la puerta principal inexistente, y algunas porciones de algunas paredes desaparecidas.
En esa casa vivía un pintor. A veces, cuando esperaba el bus, miraba hacia un interior vermeeriano en el que un hombre flaco, siempre vestido una gabardina gris y una boina de un color similar —esos no son detalles románticos, es lo que más fielmente soy capaz de recordar—, pintaba, casi recostado sobre el lienzo; decenas de pinturas se apilaban en el cuarto, que ese primer día de la devastación era solo un fantasma de varillas, huecos y madera.
Hoy en la mañana esperé de nuevo el bus. Solo el dintel de la puerta principal estaba en pie, resistiendo como una de esas cabezas misteriosas de la Isla de Pascua. Todo el interior era un cúmulo de escombros, una masacre cementicia y ferruginosa. Bueno, no todo: unas columnas delataban que la antigua casa tenía un piso subterráneo, un sótano que en una casa moderna sería impensable diseñar. Casi en la esquina, un hombre sacaba de los restos, ayudándose con una especie de macana imperfecta, todos los ladrillos antiguos que podía. Me di cuenta que solo se preocupaba por los que estuviesen enteros, no por los agrietados, o por los pedazos, o por los remedos de cemento. Apilaba, casi en la cera, las piezas rojas que iba extrayendo, después de quitarles las costras de tierra pegadas por los días (pocos pero mortales) que habían pasado después de las primeras demoliciones. Quitaba tierra, ponía el ladrillo sobre otro al que antes le había quitado la tierra; repetía la operación una y otra vez, una y otra y otra ves más. Ya tenía un buen número de ladrillos rojos. Eran las once cuando llegué. El bus no pasaba. El calor era atroz. El trabajo del hombre de los ladrillos era espantoso.
Pensé en qué haría el hombre con todo eso que sacaba; quizás lo vendería… Lo vendería, con certeza, no sacaba ladrillos a esas horas de infierno por diversión o por gusto. Era un hombre flaco, de brazos nervudos pero flaco.
Pensé en la vida de ese hombre. Traté de imaginarme qué hacía todos los días, cómo vivía, qué cosas había tenido que pasar para estar ahí, un sábado 20 de junio de 2009, en las ruinas de una antigua casa en la que vivió un pintor y a la par de la cual se vendían colchones y almohadas y partes de camas. Nadie existe solo, por más solo que esté en cierto momento. Ese hombre pudo haber estado enamorado de una niña cuando fue a la escuela, o pudo haber besado a una muchacha en el colegio, si alcanzó a ir al colegio. En algún momento, cuando fuma en su cuarto —no me puedo imaginar sus condiciones de vida, no sirvo para político que se pone en los zapatos de los muy pobres—, recuerda ese beso adolescente, ese temblor en el pecho, ese vacío en el estómago. Recuerda los paseos y las cervezas, los pleitos y las balas, las tumbas y las prisiones. Y todo eso le pertenece.
El hombre morirá, con toda seguridad, como todos. En una enorme biblioteca habrá muchos estantes que contengan la letra con la que comienza su apellido. Una auténtica enciclopedia de los muertos, en la que estará la sensación que tenía el hombre al tocar los ladrillos un caluroso sábado de junio de 2009; el enamoramiento y el beso de la muchacha de pelo rizado —¿cómo imaginarla de otra forma?—; los escombros y la vida subterránea desvelada, exhumada con los bajop, el pintor que se mudó para quién sabe qué casa de la capital o de alguna de las provincias (esto no lo sé, pero en la enciclopedia aparecerá con lujo de detalles), las condiciones políticas de las épocas en las que le tocó vivir, las sociales, las económicas. Y estaré yo en esas páginas, y una muchacha que esperaba también el bus y que se dormía a ratos (llevaba ropa de hospital, seguramente había dormido muy poco), y el bus y el poste vertical que hace de terminal.
Eso es Enciclopedia de los muertos, de Danilo Kiš, un relato extraordinario, de esos que dejan huella, que marcan, que ponen a pensar en la vida y en las vidas de todos los que han tocado nuestra existencia con su proximidad o su belleza, su odio o su saliva. “Every individual is a star unto himself, everything happens always and never, all things repeat themselves ad infinitum yet are unique”, nos dice la narradora, quien ha pasado todo el día leyendo los tomos de la enciclopedia en los que se incluye a su padre y sus pequeños actos (una intoxicación alimentaria, un beso, un paisaje, un recuerdo del mar, un rencor, un amigo muerto en batalla…), su vida de hombre común y corriente, de héroe anónimo.
¿En cuántos tomos de miles de personas muertas apareceremos, tocando sus vidas de soslayo, siendo recordados, siendo importantes por cinco minutos de un día en el que alguien nos pidió diez pesos para redondear un pase de bus, o en el que invitamos a alguien a una cerveza, o en el que olvidamos todo solo para sorprendernos con un hombre que quita tierra de unos ladrillos viejos, en una profesión ingrata?
En esa casa vivía un pintor. A veces, cuando esperaba el bus, miraba hacia un interior vermeeriano en el que un hombre flaco, siempre vestido una gabardina gris y una boina de un color similar —esos no son detalles románticos, es lo que más fielmente soy capaz de recordar—, pintaba, casi recostado sobre el lienzo; decenas de pinturas se apilaban en el cuarto, que ese primer día de la devastación era solo un fantasma de varillas, huecos y madera.
Hoy en la mañana esperé de nuevo el bus. Solo el dintel de la puerta principal estaba en pie, resistiendo como una de esas cabezas misteriosas de la Isla de Pascua. Todo el interior era un cúmulo de escombros, una masacre cementicia y ferruginosa. Bueno, no todo: unas columnas delataban que la antigua casa tenía un piso subterráneo, un sótano que en una casa moderna sería impensable diseñar. Casi en la esquina, un hombre sacaba de los restos, ayudándose con una especie de macana imperfecta, todos los ladrillos antiguos que podía. Me di cuenta que solo se preocupaba por los que estuviesen enteros, no por los agrietados, o por los pedazos, o por los remedos de cemento. Apilaba, casi en la cera, las piezas rojas que iba extrayendo, después de quitarles las costras de tierra pegadas por los días (pocos pero mortales) que habían pasado después de las primeras demoliciones. Quitaba tierra, ponía el ladrillo sobre otro al que antes le había quitado la tierra; repetía la operación una y otra vez, una y otra y otra ves más. Ya tenía un buen número de ladrillos rojos. Eran las once cuando llegué. El bus no pasaba. El calor era atroz. El trabajo del hombre de los ladrillos era espantoso.
Pensé en qué haría el hombre con todo eso que sacaba; quizás lo vendería… Lo vendería, con certeza, no sacaba ladrillos a esas horas de infierno por diversión o por gusto. Era un hombre flaco, de brazos nervudos pero flaco.
Pensé en la vida de ese hombre. Traté de imaginarme qué hacía todos los días, cómo vivía, qué cosas había tenido que pasar para estar ahí, un sábado 20 de junio de 2009, en las ruinas de una antigua casa en la que vivió un pintor y a la par de la cual se vendían colchones y almohadas y partes de camas. Nadie existe solo, por más solo que esté en cierto momento. Ese hombre pudo haber estado enamorado de una niña cuando fue a la escuela, o pudo haber besado a una muchacha en el colegio, si alcanzó a ir al colegio. En algún momento, cuando fuma en su cuarto —no me puedo imaginar sus condiciones de vida, no sirvo para político que se pone en los zapatos de los muy pobres—, recuerda ese beso adolescente, ese temblor en el pecho, ese vacío en el estómago. Recuerda los paseos y las cervezas, los pleitos y las balas, las tumbas y las prisiones. Y todo eso le pertenece.
El hombre morirá, con toda seguridad, como todos. En una enorme biblioteca habrá muchos estantes que contengan la letra con la que comienza su apellido. Una auténtica enciclopedia de los muertos, en la que estará la sensación que tenía el hombre al tocar los ladrillos un caluroso sábado de junio de 2009; el enamoramiento y el beso de la muchacha de pelo rizado —¿cómo imaginarla de otra forma?—; los escombros y la vida subterránea desvelada, exhumada con los bajop, el pintor que se mudó para quién sabe qué casa de la capital o de alguna de las provincias (esto no lo sé, pero en la enciclopedia aparecerá con lujo de detalles), las condiciones políticas de las épocas en las que le tocó vivir, las sociales, las económicas. Y estaré yo en esas páginas, y una muchacha que esperaba también el bus y que se dormía a ratos (llevaba ropa de hospital, seguramente había dormido muy poco), y el bus y el poste vertical que hace de terminal.
Eso es Enciclopedia de los muertos, de Danilo Kiš, un relato extraordinario, de esos que dejan huella, que marcan, que ponen a pensar en la vida y en las vidas de todos los que han tocado nuestra existencia con su proximidad o su belleza, su odio o su saliva. “Every individual is a star unto himself, everything happens always and never, all things repeat themselves ad infinitum yet are unique”, nos dice la narradora, quien ha pasado todo el día leyendo los tomos de la enciclopedia en los que se incluye a su padre y sus pequeños actos (una intoxicación alimentaria, un beso, un paisaje, un recuerdo del mar, un rencor, un amigo muerto en batalla…), su vida de hombre común y corriente, de héroe anónimo.
¿En cuántos tomos de miles de personas muertas apareceremos, tocando sus vidas de soslayo, siendo recordados, siendo importantes por cinco minutos de un día en el que alguien nos pidió diez pesos para redondear un pase de bus, o en el que invitamos a alguien a una cerveza, o en el que olvidamos todo solo para sorprendernos con un hombre que quita tierra de unos ladrillos viejos, en una profesión ingrata?
15 comentarios:
Cuando leí ese cuento pasé días elucubrando lo mismo que vos ahora. No hay manera de evitarlo. El cuento te conmociona a despertar y despertar más y más recuerdos.
Eso hace un buen escritor.
Sentenciero, te luciste, qué buen texto, qué buen relato.
Saludos.
Nostalgia irremediable...
entre casas viejas y sombras que alguna vez nos atraviesasn en la memoria.
Me encantó...
Mejor que una reseña descriptiva, una vivencia enriquecedora. Qué raro vos, cambiándome los planes de lectura... Ahora voy corriendo a la biblioteca a sacar este libro que desconocía. Mil gracias.
Todo un alto propósito para la litaratura: Elevar cualquier hora de cualquier hombre al rango de maravilla, a fuerza de observación, empatía y estilo.
La muerte viene a ser como el incendio de la biblioteca de Alejandría o la de Babel, como en el cuento de Eduarte. ¿Cuantas cosas existen solo porque nosotros las prescenciamos una única vez?
Tavo Ch., si no fuera por los continuos boicoteos a los que los compas someten mis cronologías de lecturas, tendría un hilo de libros perfectamente ordenado, predecible, no tan bueno como el caos de ahora.
Este cuento de Kiš, Juan, es el perfecto ejemplo de para qué sirve la literatura, o qué grandioso fin puede tener: la dignificación de las almas y las vidas... Y la nostalgia, y el recuerdo de lo ido, como bien lo decís Luissiana (qué placer verte por acá).
Esto no importa, Asterión, sino el cuento original, este es un simple producto que había que escribir, porque uno siente que algo se le desborda si no lo hace. Eso hace un buen escritor en uno, Álex, no pudiste haberlo dicho mejor...
No me habá dado cuenta de que era un cuento. Empecé a leer "Simon Magus" que es el primero de la colección, y quedé impresionado de lo bien que escribe este señor. Otra vez, gracias. Y sí, ya he aprendido que hay pocas cosas mejores que un rodeo inesperado. Eso vale para los viajes y para la lectura, que es otro viaje...
Tavo, sí, esto que escribí fue una breve disertación a partir de "Enciclopedia de los muertos", el cuento que da nombre al volumen. Sin embargo, hay que decir que "Simon Magus" o "The mirror of the unknown", por ejemplo, son bellísimos, muestras de la más alta literatura.
en la contraportada de mi ejemplar de este libro dice 97, escrito con el mismo bolígrafo con que después aparece subrayado casi todo el libro.
bienvenido guillermo al proyecto:
como dijiste en el comment, es un buen plato. te tocará el último capítulo de la novela. te envío un mail con detalles. y pronto (ya estamos todos) uno con definiciones, fechas, etc... gracias por unirte.
Me encantó tu entrada.
Creo que además muchas veces se nos olvida que las casas guardan sus propias historias. A veces me parece que demolerlas es como barrer y acabar con la historia de un montón de gente, de sus habitantes, sus constructores, la gente que mira la casa al pasar todos los días...
Pensé en una casa que demolieron aquí en San Pedro, cerca del Banco Nacional. Un viernes estaba y el lunes que pasé, ya no.
Saludos.
No sé qué querrá decir ese 97 tuyo, Luis, pero para mí ese número está lleno de significados y cambios imposibles de narrar; un número también será parte de esa enciclopedia. Jacinta, sí, esas demoliciones no son solo físicas, alcanzan un plano vivencial, las raíces de una historia, las desgracias y las alegrías vividas por alguien en esas paredes. En un lote baldío queda siempre un hueco incómodo y triste.
Buena nota a los dos por pasarse el ratillo acá.
Mae...Me gustó este artículo entre reseña y crónica la verdad muy chiva.
(éste es el comentario que te debía, el cuál no pude subir porque se me borró accidentalmente hace un tiempo, claro es muy diferente al original por el paso de los días y porque la motivación del momento desapareció ya en gran medida)
Hablando de historias paralelas, tangenciales o de cualquier otra índole :
I. En la mueblería que estaba en la esquina ahora en ruinas,mi mamá encargó unas espumas gruesas para hacer una especie de cama japonesa que se dobla en tres y sirve también como sillón. Muy práctico en realidad para apartamentos pequeños. Después de varios meses ella se decidió a sacar cuatro de un total de seis espumas encargadas. Porqué no sacó los 6 cuadros de espuma de una vez es algo ya de índole patológica que después de varios años de análisis he podido concluir mas no comprender. Bueno pues, regresando a éste relato paralelo, ella prometió volver por el resto de las espumas tan pronto pudiera. Y sí, cuando por fin se dignó a desamarrarles el perro a los de la mueblería, estos por supuesto ya no estaban y no dejaron ningún aviso indicando donde podían ser localizados. Osea se desquitaron...
Ahora las primeras cuatro espumas están en la sala de mi apartamento, sin ser cama seudo oriental ni cosa parecida, solo con unas telas encima, sirviendo eso sí como el juego de sala de turno. Osea, ahora me dejó el perro amarrado a mí. Entienden ya por donde va la cosa de la patología?
Paso todos los días por esa esquina cuando voy en el bus camino al trabajo. Y lo que más me sorprendió cuando la ví destruida fue descubrir ese sótano insospechado, ahora con las entrañas expuestas a la vista de todos.
Muy buen relato, igual de valioso que cualquiera de los libros reseñados acá, aunque el autor peque de humilde y quiera restarle importancia...
Saludos!
WAW. Clau, qué cabrona visita más agradable me diste, huevón. De fijo esa misma esquina ha enlazado decenas de historias de perros amarrados, chavalos que un sábado por la tarde no tienen nada mejor que hacer que pensar en un sótano y un cuento que lo sorprendió, patologías insospechadas y más que insospechadas, indeseadas; no tenía ni idea de que esa historia estaba detrás de la cama japonesa que nunca existió... Eso es lo que yo llamo una buena historia.
Saludos, un abrazo.
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