
Juan José de Soiza Reilly
De Soiza Reilly cubrió, como corresponsal de La Nación de Argentina, la Primera Guerra Mundial; se desempeñó como profesor de historia en una escuela comercial de mujeres; trabajó en la industria de la radio, y en Argentina quizá esa sea la faceta por la que más y mejor se lo recuerde. De Soiza Reilly, además de estas y otras facetas, fue (es) un escritor de culto. Los títulos de sus obras son impactantes o al menos buscaban “espantar al burgués”, tomando en cuenta que el escritor argentino-uruguayo vivió en la primera parte del siglo XX, en una sociedad ciertamente conservadora: Jesucristo—El alma de los perros; La ciudad de los locos; Criminales contra el talento; Buenos Aires tenebroso; Carne de muñecas, son algunos de los títulos de narraciones o textos misceláneos de de Soiza Reilly.
Por si fuera poco, no es desdeñable la precursoría con respecto a otro escritor de culto, mucho más conocido: Roberto Arlt. El autor de Los siete locos describió su primer encuentro con de Soiza Reilly en una de sus célebres aguafuertes, en 1930:
El muchacho mal vestido pasa. Lleva en sí una emoción tremenda. Va a hablar con el autor de El alma de los perros, de Figuras y hombres de Italia y Francia. Soiza Reilly es, en esa época, famoso entre los muchachos que escriben. Sus crónicas (...) han hecho temblar el alma de los poetas de pantalón corto y de los reformadores del mundo que aún no tienen libreta de enrolamiento. El que escribe estas líneas, quiero decir, el muchacho mal vestido, entra emocionado a la biblioteca escritorio, donde la criada lo hace sentar. No es para menos. “Va a leerle un escrito al gran Soiza Reilly”.
Esta edición de Adriana Hidalgo Editora, de Argentina, incluye varios textos del narrador, entre los que se encuentran novelas cortas, cuentos y guiones o comentarios ideados para las transmisiones radiofónicas. De entre todo lo que viene en esta cuidada y ciertamente bella edición (publicada con un enorme tino, al rescatar una figura única e irrepetible), me interesaba reproducir un texto impactante de de Soiza Reilly: el prólogo a La ciudad de los locos, que es una auténtica declaración de principios, una granada de mano, un (tenía que ponerlo) juguete rabioso.
Prólogo a La ciudad de los locos, 1914
Advertencias de mi honradez
Esta novela no podrá ser medida por las gentes normales. Los imbéciles no la comprenderán. Los que sólo creen en la belleza de la línea sin curvas dirán que fue escrita por un loco. Aquellos que para comprender a un personaje necesitan descripciones prolijas se horrorizarán. Los que para compenetrarse de la vida de los protagonistas novelescos han menester de la cronología, de la claridad, de la lógica y de la simetría deben encerrar este libro bajo llave. Tal vez sus hijos lleguen a conquistarse, por el refinamiento del dinero, el honor de entenderlo.
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Debo repetir aún o que ya dije otra vez: MI LITERATURA podrá ser mala, amorfa, inútil, hueca, jactanciosa, pedante... Sí. Pero no podrá parecerse a las demás LITERATURAS. Es mía EN MÍ, como afirmó Rubén Darío de la suya. No me preocupa ser inferior a Juan de los Palotes. Pero “YO” quiero ser “YO”. No ser igual. ¡Ser diferente!... Como el hombre de las cavernas primitivas, me visto con mi pellejo. La médula de mi prosa yo la extraigo de mi propia médula...
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Se habla de mi originalidad como de un disfraz carnavalesco. Es un error... Mis diez libros delatan en mi manera de expresión un estilo invariable. ¡Único! Mi técnica es mía...
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No se crea que el estilo propio es el producto del talento o del genio. ¡No! Cualquier imbécil puede tener su literatura sólo con escribir tal como piensa. Sinceramente... Todos tenemos boca, nariz, ojos y orejas... Sin embargo, no existen dos hombres de igual fisonomía. Lo mismo debiera ocurrir con el estilo. Si todos los escritores tuvieran el coraje de ser independientes y no seguir los pasos del que llegó a la meta, nadie escribiría como los demás. El triunfo legendario de Cervantes nació de haber narrado la vida de Quijano tal como él la sentía. Su “estilo” fue el producto de su “sinceridad”. Bien lo dice en su prólogo:
“Este libro está lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno.”
Mis frases acaban en puntos suspensivos. No son, como dijo algún crítico estéril, caprichos de la tipografía. Terminan así, evaporándose, porque yo quiero que terminen así, como el humo, las olas o las nubes. Es bueno que terminen así. Una de las más exquisitas bellezas de mi literatura está en que ella “sugiere” más de lo que “dice”. Los escritores que aspiren, como es justo, a desnivelarse de la vulgaridad no deben escribir únicamente para los ignorantes. Deben sugerir. Hacer pensar. Imponer la obligación de que los cerebros mastiquen. Que rumien. Que con sus propios dientes saquen jugo a las cosas que leen. Hay que dar al lector el principio del hilo. Que el lector trate de encontrar el ovillo... Si se niega a buscarlo por parecerle una labor muy ardua, que lea a Paul de Kock. O, mejor, que no lea... El progreso del mundo necesita del concurso de muchos dinamismos. Necesita la luz de la inteligencia y también la fuerza de los burros. Quien no pueda dar petróleo cerebral, cumpla la honrosa tarea de ofrecer la fuerza de su lomo...
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Tiro este libro a la posteridad. Es decir, al Olvido. Mi estilo, mi audacia, mi altivez, mi locura, mi odio y mi risa me atraen, sin remedio, la envidia, la burla, el sarcasmo... Los espíritus superficiales y los escritores mediocres se mofarán de mí. No me importa... Mi gloria consistirá, simplemente, en que alguien —un señor X o una señora Etcétera— exclame al leer La Ciudad de los Locos:
“Nunca he leído un libro semejante...”
JSR, Buenos Aires, 28 de abril de 1914


